Estilo y Memoria

Manifiesto por el patrimonio de Bogotá

Aclaración: lo ideal habría sido conservar las casas, que habían sido reconocidas como Bienes de Interés Cultural. Ante las imágenes y videos que muestran su destrucción, esta propuesta plantea una exigencia mínima: que la nueva arquitectura dé continuidad a la identidad y la memoria del lugar, y evite así cualquier sustitución genérica. El proyecto responde a esa pérdida; no pretende justificarla.

Vista del proyecto residencial Casa Pan Fino.
Jardines, arcos y ventanales hacia la Séptima.

La memoria es indispensable para construir la ciudad. Se sostiene en la cotidianidad: habitar, trabajar, comprar, caminar y volver a encontrarse en un lugar, en una esquina. Bogotá está perdiendo espacios que hacen posibles esos encuentros y permiten que nos reconozcamos en una historia compartida. El estilo arquitectónico forma parte de esa memoria. Lo entendemos como el lenguaje con el que la arquitectura responde a un contexto: el lugar, la técnica, la actividad y la forma. Si bien su elección nace de decisiones de diseño, su presencia adquiere un valor colectivo. Las cubiertas, los colores, los materiales y las proporciones acompañan recuerdos y recorridos; contribuyen al carácter de la ciudad y ofrecen referencias a sus habitantes. Por eso defendemos que, cuando un predio se transforma, su estilo merece continuidad. El suelo puede tener un solo propietario, pero la imagen que construye hacia la calle participa de la experiencia colectiva.

Miradores y composición vertical de la fachada.

Las casas de Pan Fino hacen visible esta tensión. El Instituto Distrital de Patrimonio Cultural informa que perdieron su condición de Bien de Interés Cultural, mientras una constructora propone un edificio que consideramos genérico para esta esquina. La pérdida de esa clasificación deja abierta una responsabilidad cultural: decidir qué debe heredar la nueva arquitectura. Este proyecto nace como un manifiesto que sitúa esa responsabilidad en el diseño y reivindica el estilo como una aportación pública. Su punto de partida es el respeto por la obra original y por Otto H. Marmorek, arquitecto. No pretende competir con ella, corregirla ni imponer un modo único de hacer ciudad. Explora cómo densificar dando continuidad a su lenguaje. La rentabilidad puede convivir con el cuidado del lugar. La viabilidad de un proyecto exige pensar en su mantenimiento y en su relación con el entorno. Aspiramos a que el aprovechamiento privado produzca un beneficio urbano perceptible para todos: presencia, actividad, vegetación y memoria.

Hastiales, cubiertas y terrazas.

El lenguaje de las casas se desarrolla aquí a otra escala mediante el ladrillo, los paños claros, las molduras ocres, los miradores y la teja terracota. La verticalidad es una decisión compositiva: amplifica los acentos ascendentes del repertorio neotudor arraigado en Bogotá y organiza el edificio como una secuencia de base, cuerpo y coronación. La repetición sostiene ese movimiento y permite reconocer cada volumen hasta su remate. Las diferencias de altura, los hastiales y los intervalos entre cubiertas componen una silueta inspirada en los cerros, lo que diversifica la cubierta y ofrece distintas experiencias espaciales que conectan las terrazas.

Las cubiertas y el paisaje de los cerros.

El reciente debate sobre la intervención de unas escaleras en una obra de Salmona, en la que la comunidad participó activamente, nos recuerda algo que aprendimos al estudiarlo: él entendió la geografía y la memoria como materia del proyecto. No por nada decidió construir en ladrillo: era el material que lo conectaba con su experiencia de crecer en Teusaquillo. Las montañas participan en la forma de Bogotá y pueden orientar la arquitectura que se incorpora a ella. Aquí, la memoria de las casas y la presencia del paisaje se encuentran en la cubierta y buscan que el edificio pertenezca a esta esquina a través de su lenguaje y la relación con su fondo, su historia y la del territorio.

El basamento y su encuentro con la calle.

El basamento devuelve esa ambición a la escala de quien camina. Su diversidad recoge el carácter de los frentes originales hacia la Séptima mediante arcos, ventanas, gradas y jardines. La hiedra, las hortensias lavanda y las plantas de hojas verticales acompañan los umbrales y el encuentro con el suelo. El acceso residencial y vehicular se plantea sobre la calle lateral, menos transitada, mientras los espacios comerciales mantienen una relación directa con la avenida. Esta organización cuida la composición del frente principal y atiende las condiciones de llegada al edificio. Cada decisión busca enlazar la experiencia cercana con la silueta que se reconoce a distancia. Queremos que Bogotá pueda crecer, generar valor y reconocerse en lo que construyó, construye y construirá.

Accesos residencial y vehicular sobre la calle lateral.

En 2026, Time Out situó a Chapinero Alto en el séptimo puesto de su lista de los barrios más cool del mundo y destacó sus casas de ladrillo de estilo Tudor como parte de una mezcla arquitectónica enmarcada por las montañas. Ese reconocimiento nos enfrenta a una paradoja: una mirada internacional identifica como atractivo aquello que, aquí, parte de la ciudadanía y del sector constructor ignora o considera prescindible. En ocasiones, los ojos de quien llega de fuera reconocen con mayor claridad la singularidad que la costumbre nos impide apreciar. Esto refuerza nuestra convicción: el estilo también construye el valor cultural, afectivo y económico de un barrio. La identidad que despierta interés más allá de nuestras fronteras y que, como bogotanos, tantas veces fallamos en reconocer merece ocupar un lugar central en las decisiones con las que transformamos nuestra ciudad. Su desarrollo debería enriquecer las cualidades que la hacen reconocible y deseable, no solo para los ojos ajenos sino los propios.

manifiesto

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